Bandurrias
 

La mujer  árbol de la calle Colón

Pato Peñaloza

Cuando la vi, supe de inmediato que era ella, ni más ni menos, porque se apareció de repente y sin aviso previo en toda su colosal desnudez, como lo había hecho desde siempre en la noche porteña. Exhalaba un aroma a eucalipto que te entraba por la nariz y no se disipaba en varias semanas, el tiempo justo para retornar presuroso al abrigo de su seno. Y así, al caminar por las calles de Valparaíso, todo el mundo sabía que habías estado con ella. No importaba por donde anduvieras, pues dejabas una estela verde, espesa y delatora  en cada rincón de la ciudad. Sin querer, claro. Era su sello, que se grababa en la tierna piel de los incautos como un lunar de fuego que no imaginabas al traspasar nervioso el umbral de la puerta de aquel vetusto caserón de la calle Colón.

La primera vez la noche se llovía por costumbre, desganada y desordenadamente, casi con rencor, pero, la verdad, poco importaba en la penumbra de la  escalera de madera que crujía de ansiedad. Era la antesala al mundo prohibido de las mujeres prohibidas. Cada una en su cuarto, somnolientas y envueltas en un cielo de humo gris que les agrietaba la garganta, pero les ayudaba a sonreír de mala gana cada vez que llegaba un cliente. Porque solo querían dormir y soñar con tapires  tornasolados. Menos ella, que se desplazaba en tal silencio por el mundo que, sin preguntar o anunciarse, plantó  sus pechos enormes y sus caderas de yegua alazán y sus ojos de alpaca en medio del cuarto del dueño de casa. El cabrón era maricón de los antiguos, conocido y reconocido, que se ufanaba de haber tenido sexo una noche entera con dos marineritos de guerra, debidamente  casados por la iglesia y con hijos, que le visitaban cada vez que podían. Amigo de sus amigos y feroz en cualquier engaño o deslealtad, quizás por lo mismo es que la quería como a una hija o como la madre que lo abandonó cuando era apenas un niño en un callejón de Antofagasta. La mujer árbol le correspondía su afecto siendo la más ardiente, la más puta, la más tórrida de las  rameras de la noche de Colón. Por eso es que se apareció  ante nosotros sin que nadie se percatara, dispuesta a compartir generosamente sus encantos de bosque de lluvia clara. Y lo hizo totalmente desnuda, ofreciendo su amor comprado al mejor postor o al peor o a cualquiera, porque a esas alturas de la noche siempre vienen bien un par de monedas ajenas. No tenía mucho, pero fue tal su poder de persuasión enfundado en su morena desnudez, coronada con dos pezones perfectos, que asió mi mano y me condujo a un cuarto oscuro en el segundo piso sin musitar palabra alguna. Yo tampoco, porque no sabía que decir, aunque me parece haber balbuceado que no tenía casi dinero y, también, creí escuchar a lo lejos que no importa mi amor,  envolviéndome poco a poco un suave aroma a eucalipto hasta las campanadas de la misa de ocho cuando se persignó lentamente mientras secaba el sudor de  sus atezados pechos.

Y solo se me ocurrió decir: gracias por favor concedido cuando, perdida en su epicúrea  prodigalidad, se montó nuevamente en mi exangüe masculinidad con tal fuerza que morí definitivamente hasta que desperté en la pensión de la señora Rosa envuelto en una espesa nube de eucalipto y degustando sin prisa el caldo de la casa a las diez de la mañana de un día tibio de invierno.

 
Periodico latinoamericanista Giraluna
 
 
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